El dólar

El pasado viernes el precio del “dólar observado” completó una semana entera por debajo de $ 470. Una situación similar no se producía desde hace dos años, ocasión en las que la autoridad monetaria realizó su última intervención cambiaria oficialmente reconocida (la anterior se había producido en 2008). En enero de 2011 el Banco Central anunció el inicio de un programa de compras diarias de dólares que se haría efectivo a lo largo de ese año, destinado a incrementar las reservas de divisas del país en la suma de US$ 12.000 millones. De este modo, el Estado contribuiría a sostener el precio del dólar, que había caído por la progresiva apreciación del peso chileno, lo que tenía a nuestros exportadores no tradicionales y a quienes sustituyen importaciones sumidos en un mar de lágrimas. La intervención tuvo efectos inmediatos -el precio de la divisa subió $ 30 en una semana-, pero poco duraderos y para nada estables. A fines de julio había recaído a $ 456, aunque terminó el año en $ 521. Y durante el año 2012, ya sin intervención, su valor osciló entre $ 470 y $ 500 para terminar en $ 479 al cierre del año.

 

El “dólar observado” se calcula diariamente en base al precio promedio de las transacciones de dólares realizadas el día anterior entre bancos y empresas (esto es, excluidas las transacciones interbancarias), y su historia se remonta a agosto de 1982. Pero en ese entonces no correspondía a un precio libre de mercado regido por la oferta y la demanda, ya que desde el comienzo coexistía con el “dólar acuerdo”, del cual dependía. Este último correspondía a un cálculo también diario, que el Banco Central hacía en base a la variación experimentada por una canasta de monedas extranjeras y que servía como referencia para establecer los precios máximos y mínimos de la hoy derogada banda cambiaria. En esas condiciones, el precio del “dólar observado” se mantenía forzosamente dentro de la banda “deseada” por la autoridad, ya que el Banco Central vendía todos los dólares que el mercado demandara al precio “techo” de la banda y compraba todos los dólares que el mercado ofreciera al precio “piso” de la misma. Y como el “dólar acuerdo” inicial había sido fijado arbitrariamente por la autoridad a un nivel relativamente alto (ya que el país necesitaba desesperadamente generar dólares para superar peor crisis financiera desde la mega-crisis mundial de 1930), el mecanismo permitía que el país funcionara con un “dólar observado” también muy alto. Hoy, más de 30 años después, todavía se calculan el “dólar observado” y el dólar acuerdo”, aunque el último sólo para efectos referenciales, ya que la banda cambiaria no existe desde hace mucho tiempo, y ha pasado tanta agua bajo los puentes que tanto nuestro país como el mundo son muy distintos.

 

Por eso resulta más ilustrativo comparar la realidad cambiaria actual con la de solamente diez años atrás, cuando las cosas no eran tan diferentes. El 11 de abril de 2003 el “dólar observado” estaba en $ 725 (su récord fue aún mayor), esto es, un 31% por encima del “dólar acuerdo” de la misma fecha que era de $ 552. El 11 de abril de 2013 el “dólar observado” estuvo en $ 469, es decir, un 34 % por debajo del “dólar acuerdo” de ese mismo día que fue de $ 713. Y eso que se trata de precios nominales, ya que si se corrige el “dólar observado” de hace diez años por la variación de la UF en el mismo período, a fin de comparar platas del mismo poder adquisitivo, un dólar en el mercado de hoy vale manos de la mitad de lo que valía hace 10 años. Existen muchas razones para ello -los precios relativos han cambiado, los commodities se han encarecido, el dólar se ha depreciado frente a otras divisas, el fenómeno chino, etc.-, pero la gran causa de lo sucedido es el precio del cobre. Hace diez años su precio por libra era de US$ 0,72 y su precio actual es de US$ 3,42 (casi 5 veces más).

 

Con todo, la variación indicada en el tipo de cambio nominal (o “de pizarra”) no es lo más importante. En economía lo relevante es el tipo de cambio real, que está determinado por la variación en el tiempo de los términos de intercambio, es decir, la capacidad adquisitiva de una “unidad” o canasta de nuestras exportaciones totales en términos de una “unidad” o canasta de nuestras importaciones totales. Esto se traduce, en castellano antiguo que, como promedio para el país, los exportadores de cosas distintas del cobre han perdido, pero no tanto ya que también subieron algo los precios de sus exportaciones. En este aspecto, en términos generales Chile llegó en un momento a mejorar enormemente sus términos de intercambio, quizás a los mejores de toda su historia, lo que explica gran parte de la apreciación nominal del peso. Pero lo preocupante es que en los últimos años el tipo de cambio real también ha tendido a caer y, según propia la autoridad, hoy “se encuentra en el piso del valor consistente con sus fundamentos”. Con ello, nuestras exportaciones han tendido a concentrarse relativamente cada vez más en cobre, celulosa y salmones (con todos los riesgos de la mono-exportación), en tanto que ha caído nuestro dinamismo exportador de productos no tradicionales, diversificados y con alta elasticidad de ingreso, por causa de una dramática pérdida de competitividad.

 

En el año 2012 nuestro país exportó US$ 78.277 millones (US$ 46.537 millones sólo en cobre), mantenía reservas en divisas de US$ 41.650 millones, era acreedor neto internacional, y tenía un PIB per cápita de US$ 15.400, el que se eleva a US$ 18.000 si se ajusta por poder adquisitivo. Nos volvimos ricos. Lo malo es que, tal y como como sucede generalmente con los nuevos ricos, estamos gastando más de la cuenta y nuestra economía se ha ido reordenando en función de un dólar real barato, como si el alto precio del cobre estuviera para quedarse para siempre. Y cualquiera puede intuir que ello no debería ser necesariamente así, ya que la demanda mundial histórica por cobre no crece mucho más que el 5% anual, los stocks mundiales han aumentado, así como las proyecciones de la oferta, y las transacciones anuales de cobre exceden por mucho a la producción, por lo que tienen un altísimo componente especulativo. Para peor, los costos de producción de nuestro producto estrella se han disparado, generando un valor agregado cada vez menor. Los pronósticos de precio de Cochilco para 2013 y 2014 son decrecientes, y ya hoy estamos por debajo de su primera estimación. A lo menos da la impresión que “los fundamentos” a los que alude la autoridad deberían revisarse.

 

Este año nuestras importaciones igualarán (o superarán) a nuestras exportaciones, por lo que se esfumará nuestro anterior saludable excedente comercial, y las proyecciones apuntan a la generación de un déficit de balanza de pagos que superará el 4,5 % del PIB. En los últimos años el gasto privado ha crecido sistemáticamente a tasas mayores que el PIB y lo propio ha sucedido con el gasto público (por la vía de estirar el elástico del llamado “equilibrio estructural” al considerar ingresos fiscales crecientes derivados del cobre), y porque en esto de regalar plata lo hicieron tanto Bachelet como Piñera.

 

Que los exportadores y agricultores estén nuevamente empezando a quejarse no es novedad, ya que lo han hecho siempre. Lo novedoso es que esta vez parecen tener sobradas razones. No sólo se trata del dólar nominal y real baratos, o que en los últimos meses han caído los precios de nuestras exportaciones en tanto que nuestra bencina importada ha subido de precio, sino que también nuestros exportadores enfrentan desde hace un tiempo costos internos crecientes: Desde una base igual a 100 en el año 2009, el índice general de remuneraciones ha crecido en términos reales por encima de los incrementos estimados de productividad, en sólo tres años, hasta 111,2 en la actualidad. El costo real de mano de obra ha hecho lo propio hasta 114 en el mismo período. Nuestro costo de la energía está entre los más altos del mundo. Las alzas “temporales” de impuestos se hicieron definitivas, y doña Michelle ya anuncia nuevas reformas tributarias. Y para completar el cuadro, el Banco Central mantiene hace más de un año la tasa de instancia doméstica en 5%, también una de las más altas del mundo en términos reales, lo que también atenta contra el valor del dólar (“es que hay que mantener a raya las presiones inflacionarias derivadas del exceso de gasto”, dicen). En estas condiciones, no es de extrañar que en el índice de competitividad global Chile haya caído por tercer año consecutivo.

 

Da la impresión de que por este camino vamos muy mal, y que habría que hacer algo para volver a un tipo de cambio  más razonable y prudente. Mal que mal, Chile no puede pretender (como hacen los chinos) querer basar su futuro crecimiento en el escuálido mercado interno chileno, y su mejor chance de crecimiento en el largo plazo seguirá basada en ser un exportador diversificado, competitivo y eficiente. Por cierto que no se trata solamente de realizar una intervención al estilo de la efectuada en 2011 ya que, en ausencia de otras medidas paralelas y coordinadas, sus efectos serían efímeros. Más que grandes cambios, quizás deberían probarse medidas quizás menos dramáticas, pero aplicadas simultáneamente en los diversos factores que inciden en el valor del dólar y permitan dosificar y vigilar la gradualidad de sus efectos. Por de pronto, si se interviene el mercado cambiario, ojalá que se haga con la introducción de riesgo -con más sorpresa que programación-, de manera que la especulación se vuelva riesgosa.  Parecería más que razonable contener la expansión del gasto fiscal, y que ojalá su financiamiento se obtenga preferentemente mediante la emisión de títulos de deuda en pesos o UF (esto es, sin liquidar dólares provenientes de reservas o deuda externa). Tampoco vendría mal aumentar en algo nuestras reservas de divisas (que hoy son inferiores proporcionalmente a las de Brasil, en presencia de una crisis mundial todavía no resuelta). La tasa de interés de política monetaria podría bajarse levemente ya que, hasta aquí, la inflación parece estar relativamente contenida y la tasa de crecimiento de nuestra economía, casi agotadas las anteriores holguras, debería reducirse hacia nuestra tasa de crecimiento potencial. También podrían introducirse algunos controles y/o imponer costos o plazos a las entradas de capitales externos, y contener algo la expansión del crédito doméstico dirigido al consumo a través de medidas menos ortodoxas que la sola tasa de interés. Todo esto, por cierto, acompañado de una multitud de medidas micro, como las contenidas en las hace tiempo olvidadas “agendas” orientadas a la eliminación de trabas burocráticas e inútiles. En materia de flexibilidad laboral todavía hay mucho que hacer, y la actual situación de casi pleno empleo también debería permitir algunas mejoras sin tanto costo social o político. Y aunque la ecología pueda ser algo bonito y poético, no podemos seguir con nuestros actuales costos energéticos.

 

Por cierto que no se trata de algo fácil, con una elección presidencial ad portas y sufriendo el síndrome del pato cojo, pero el tema del dólar fue, es y será algo permanente, y si no se corrige la situación a tiempo mientras el país aún mantiene buenas condiciones económicas generales, aumenta el riesgo de tener costos mucho mayores en momentos mucho menos favorables.

 

Santiago Pollmann.

0 comentarios. Escrito: 15 del 04 del 2013.

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