El modelo chino

Luego de languidecer durante dos siglos y tras hundirse en medio de la guerra civil que siguió a la invasión japonesa de la segunda guerra mundial, China apenas fue capaz de cuadruplicar su escaso PIB bajo el largo régimen de Mao Zedong (1949-1976), quedando cada vez más por debajo de las pujantes economías de la posguerra. El asunto cambió a partir de la llegada de Deng Xiaoping y los nuevos dirigentes comunistas-capitalistas, tecnócratas, educados en Europa, USA y Australia: Entre 1978 y 2012 el PIB chino creció a una tasa promedio cercana al 10% anual, es decir, se multiplicó por 26. Hoy, bajo la recién entronizada “quinta generación” de nuevos gobernantes, encabezada por el Presidente Xi Jinping y el Primer Ministro Li Keqiang, la actual República Popular China (9,6 millones de km2 de superficie, 1.350 millones de habitantes, US$ 7,5 trillones –norteamericanos- de PIB) es la segunda economía, el primer exportador, el mayor tenedor de reservas y el principal motor del mundo, en resumen, un gigante económico. El acelerado desarrollo de la economía china de los últimos 35 años es algo inédito en la historia económica mundial, tanto por su ritmo como por lo prolongado del fenómeno, y deja pálidos a los anteriores “milagros económicos” de Japón, Alemania y los tigres asiáticos.

Desde una economía pobre basada en la agricultura, prácticamente autárquica y cerrada al exterior, el exitoso modelo chino se fundamentó básicamente en una paulatina relajación de controles para atender gradualmente a los dictados del mercado, en permitir la emergencia de industrias privadas a pequeña escala en sectores no estratégicos, y en la devaluación del yuan y la apertura al exterior, consiguiendo establecer un modelo de ahorro, inversión y exportaciones baratas que, en términos generales, se ha mantenido con pocos ajustes relevantes hasta el presente. Los cambios han sido relativamente lentos -no exentos de retrocesos ocasionales- pero siempre persistentes y acumulativos en el tiempo, y el país ocupa hoy el lugar 140 (entre 180) en un reciente ranking de libertad económica. No es lo mejor, pero ya hay 40 países detrás dela China“comunista”.

China tiene la mayor tasa de ahorro interno del mundo, la que ha sido creciente hasta superar el 50% del PIB, con sobre el 30% generado por las familias y el resto principalmente por las empresas estatales. El ahorro es la parte de la renta que no se consume y que financia la inversión, la que en China ha sido también elevadísima, apenas por debajo del ahorro. En resumen, la economía del país crece mucho porque invierte mucho, e invierte mucho porque ahorra mucho. Y como el país ahorra más de lo que invierte, ha podido crecer con recursos propios, sin recurrir al crédito externo y sin problemas en su balanza de pagos. Su deuda externa no llega a US$ 800 billones, esto es, menos del 11% del PIB, a la par que el país acumula reservas internacionales de US$ 3,3 trillones, y la deuda pública interna equivale solo al 43% del PIB, por lo que en estos aspectos es la envidia del resto del mundo.

El altísimo nivel de ahorro doméstico chino (que asociado a su menor nivel de ingreso per cápita comparativo parece contradecir a Keynes) no responde solamente a razones culturales -que las hay, ya que el chino tiene fama de ser muy económico-, sino también al efecto inductivo de la acción del gobierno comunista-capitalista, puesto que su actual nivel más que duplica lo que fue en el pasado. Tradicionalmente en China los hijos sostenían a los padres ancianos, por lo que tener hijos era un sucedáneo del ahorro previsional y, por la misma razón, el papel subsidiario del Estado en materia de pensiones y salud fue siempre muy precario. La política del hijo único cambió esta situación y forzó a la población económicamente activa a ahorrar, al mismo tiempo que un solo hijo aliviaba el patrón familiar de gastos y permitía un mayor ahorro. A lo anterior se agregó la creciente propensión al ahorro que muestra la población china, gracias a la mejoría presente y esperada de su nivel de vida dentro de un marco de relativa estabilidad, en donde el intervencionismo del Estado le permite soslayar las crisis de desempleo que de vez en cuando se abaten sobre las economías más libres.

Para que ese ahorro se invierta dentro del país es preciso mantenerlo cautivo, por lo que existe un estricto control sobre el tipo de cambio y los flujos de capital. Los chinos no tienen libertad para adquirir divisas y menos para invertirlas en el extranjero por lo que, en ausencia de otras alternativas en su mercado financiero interno poco desarrollado, los ahorros terminan mayoritariamente en los bancos. El sistema chino de banco único fue sustituido en 1980 por cuatro grandes bancos sectoriales estatales: El Banco del Pueblo, el Banco dela Construcción, el Banco Industrial y Comercial y el Banco Agrícola. Hoy el sistema incluye otros 130 bancos estatales (sólo 13 de ellos con capital mixto), cerca de 250 bancos privados (los que en conjunto tienen apenas un 2% de participación de mercado), y alrededor de 30.000 Cooperativas de crédito. El crédito es predominantemente bancario (70% del mismo, que a su vez equivale al 120% del PIB), y funciona bajo la tuición de tres organismos regulatorios: El Banco del Pueblo (B. Central), la Comisión Reguladora de Bancos (Superintendencia de Bancos) y la Administración de Moneda Extranjera (control cambiario). En gran medida los créditos se otorgan en función de prioridades estratégicas desarrollistas del gobierno central y, a fin de dar créditos baratos a las empresas, los intereses que se pagan a los ahorrantes han sido muy bajos e incluso negativos en términos reales. En definitiva, el desarrollo chino se ha producido gracias al sacrificio los ahorrantes chinos.

Los créditos bancarios se colocan mayoritariamente en las empresas estatales, por lo que las empresas pequeñas se ven obligadas a recurrir a las fuentes más caras del mercado financiero informal (poco transparente, y que podría representar más del 15% del crédito bancario). Por causa de ello estas pequeñas empresas, que son las grandes fuentes de empleo, tienden a castigar relativamente sus salarios y condiciones de trabajo, acentuando las enormes diferencias de ingresos existentes en China, y “contribuyen” de este modo a sostener la ventaja competitiva del país en cuanto a costos de mano de obra baratos. La situación de los bancos es comparativamente más sólida que en el resto del mundo, con una cartera vencida que no excede del 2% de las colocaciones y provisionada en un 250%, con una razón de capital a activos ponderados por riesgo inferior a 10% (con capital efectivo, ya que la deuda subordinada es irrelevante), y ha superado con éxito todas las pruebas internacionales standard de stress de riesgo.

La moneda china es el yuan (oficialmente renminbi) que emite en Banco del Pueblo. Por causa de su sostenido excedente tanto en comercio exterior como  en inversión extranjera, en China la oferta de divisas supera a la demanda por lo que el yuan debería haberse apreciado fuertemente en relación a las otras divisas. En estas condiciones, a fin de mantener bajo el valor del yuan para preservar la competitividad de las exportaciones chinas, el Estado compra ese excedente emitiendo yuan, con la consecuencia de acumular reservas (mayoritariamente en bonos del Tesoro norteamericano), hasta haber llegado a ser el país con mayores reservas del mundo ya que, en resumen, lo que se ha hecho es prestar plata barata a otros países para que éstos compren sus productos. En los últimos años el gobierno ha permitido una leve apreciación del yuan (inicialmente atado al dólar) desde 8,2 hasta 6,2 por dólar,  regulado dentro de una banda sucia referida a una canasta de monedas y con márgenes de fluctuación de 1%. La contrapartida de la acumulación de dólares por parte del Estado es que la emisión de yuan ha hecho crecer la oferta monetaria o M2 (circulante más depósitos a corto plazo) hasta representar nada menos que el 190% del PIB, lo que se traduce en altos riesgos de inflación doméstica. Al comienzo la inflación fue combatida con controles de precios y manipulación estadística, pero a partir de la entrada de China en la OMC las herramientas básicas para esterilizar el exceso de moneda local han pasado a ser el tradicional manejo de la tasa de interés y el encaje bancario, pero también el nuevo sistema de propiedad territorial y, más recientemente, la progresiva internacionalización del yuan.

Hoy la participación del sector privado en la economía china ha llegado a cerca del 70% del PIB (con un peso del Estado inferior al existente en muchos países europeos). Pero la tierra sigue perteneciendo al Estado y/o a los gobiernos regionales. Bajo el régimen propiamente comunista, los ciudadanos arrendaban sus viviendas al Estado contra el pago de una pequeña renta nominal. A partir de 1988 el Estado chino comenzó a “vender” a los ciudadanos el usufructo de la tierra por 70 años y, para incentivar la construcción, vendía las nuevas viviendas al costo al mismo tiempo que aumentaba los precios de los arriendos. Con ello, por una parte el Estado recaudaba dinero (retiraba circulante y permitía un financiamiento muy importante para los municipios) y, por otra, se reservaba para el Estado los beneficios de las plusvalías (ya que hasta ahora se supone que las concesiones serán renovables, pero no se sabe el eventual costo de esa renovación). El nuevo sistema ha dado origen a una burbuja inmobiliaria, ya que los ahorrantes chinos han visto en él una alternativa de inversión más rentable que los depósitos en los bancos y se han generado presiones especulativas; sin embargo el Estado se encargó en 2010 de desinflar la burbuja, y nuevamente lo ha anunciado este año a través de diversas medidas (restricciones a la compra, aumento del ahorro previo, alza del interés hipotecario e impuesto a las ganancias de capital). En todo caso la burbuja no es generalizada, ya que se concentra en las grandes ciudades, y la sanidad del sistema financiero permitiría al parecer controlar los efectos de una crisis en el sector.

El crecimiento económico a las tasas chinas, concentrado en la exportación de manufacturas, catapultó el atractivo laboral de los centros urbanos próximos a la costa. La migración de campesinos a las ciudades ha sido dramática, y en 30 años la población urbana creció desde el 20% hasta más del 50% del total, pese a los esfuerzos del gobierno chino para regular el impacto de este cambio. Para ello el Estado ha empleado dos herramientas principales: Por una parte el “hukou”, que clasifica a la población en urbana y rural, atándola a su lugar de origen, e impide a los chinos cambiar su residencia sin un permiso estatal. Por otra, el Estado procedió a la creación de nuevas ciudades desde la nada, a fin de que ellas puedan constituirse en polos de desarrollo futuro.

Este proceso ha dado lugar a enormes diferencias en los ingresos de los chinos, no obstante que toda la población de capitán a paje ha mejorado sus condiciones de vida aunque sea por rebalse. Como promedio el ingreso per cápita urbano más que triplica al rural; sin embargo, en casos particulares las diferencias son abismantes: El ingreso per cápita de Hong Kong de US$ 49.800 (alrededor de US$ 120.000 por familia) convive con salarios mínimos anuales de US$ 7.200 en la misma Hong Kong, de US$ 2.880 en Shenzen y US$ 1.680 en Chongquing.

Con la internacionalización del yuan, de modo que éste pase a ser moneda de intercambio comercial y financiero y de acumulación de reservas, el gobierno chino persigue continuar desplazando al dólar y a USA como banco central del mundo (que ya con la aparición del euro el dólar ha reducido su participación en este campo desde el 92% a menos del 70%). Este paso ayudaría a China a descomprimir las presiones monetarias internas, y sólo en los últimos tres años el país ha suscrito acuerdos para el uso del yuan en el intercambio comercial, para una región representativa de una tercera parte del PIB mundial y, además, se acaba de autorizar a las empresas para invertir en el extranjero en yuan. Los avances en esta área deberían llevar a una progresiva apreciación del yuan en desmedro del dólar, e incidirían en una menor ventaja comparativa de las exportaciones chinas.

El apretado resumen recién expuesto del modelo chino -por cierto muy genérico, limitado e incompleto- no debe hacer perder de vista que China es una inmensidad cultural: Predomina ampliamente la etnia han, pero existen otras 55 minorías étnicas, y la lengua mandarín mayoritaria y oficial convive con cientos de dialectos derivados de nueve familias lingüísticas principales. Con sólo el 12% de su territorio cultivable, salpicado de desiertos, cadenas montañosas y altiplanos estériles que imponen distancias y dificultan las comunicaciones, existen innumerables bolsones culturales particulares, con distintas formas y niveles de vida y diferentes tradiciones y costumbres.

Tanto por esta realidad, así como para favorecer los objetivos de la planificación central, el Estado chino ha desarrollado políticas sectoriales diferenciadas de ingeniería económica y social en este inmenso laboratorio, las que se modifican y ajustan de acuerdo con las prioridades, necesidades y conveniencias que califica y determina el gobierno. La tributación, que es la fuente principal de financiamiento del Estado, es asimismo parte del arsenal de esta ingeniería, y si bien su estructura es similar a la existente en el resto del mundo (IVA, renta sociedades, renta personas, ganancias de capital, contribuciones, royalties, aranceles, licencias, etc.), las tasas aplicables en cada caso difieren según la localidad, la actividad, la persona, el tamaño del contribuyente y el producto del que se trate.

Pero como siempre ocurre, nada es gratis. Para lograr sus buenos resultados el gobierno chino ha obligado a su pueblo a un ahorro forzoso y a subvencionar al resto del mundo, esto es, a vivir por debajo de lo que habría sido el “óptimo social”. Pese a que los chinos han sido obedientes durante milenios, los logros habrían sido imposibles bajo un régimen de libertad (la matanza de Tiannanmen ocurrió en 1988, a comienzos del actual comunismo-capitalista), y todavía no existen en China las libertades básicas de reunión, de desplazamiento o de prensa, en tanto que las redes sociales e Internet siguen estando intervenidas y censuradas.

Se estima que, desde su implantación por Mao, la política del hijo único (so pena de fuertes multas) ha generado no menos de 300 millones de abortos, otras tantas esterilizaciones así como masivos infanticidios, especialmente de niñas (hoy la población masculina china supera en alrededor de 10% a la femenina pese a la mayor longevidad de la última), y un número de hijos no inscritos indeterminado -pero grande, ya que con la población china todos sus números lo son-, que constituyen una población paria sin acceso al trabajo legal y a los servicios y auxilios del Estado, y que hoy integra la masa de inmigrantes domésticos ilegales de las grandes ciudades y es víctima de los abusos del trabajo informal o se integra al lumpen delictual. Pero más allá de su evidente connotación antiética, la referida política ha comenzado además a cobrar la cuenta económica: El creciente envejecimiento de la población, y la progresiva reducción proporcional de la población económicamente activa, asuntos que no cuadran con el actual modelo. Aunque en último tiempo la política del hijo único se ha suavizado (se permite un segundo hijo si el primero es mujer, o se puede “comprar” el derecho a más hijos en casos calificados), el propósito restrictivo de la medida continúa vigente hasta hoy.

Han surgido también otras flaquezas del sistema. Conforme a una ley natural económica, las primeras inversiones (industria o infraestructura) se aplican a los objetivos más productivos, pero a medida que ellos van siendo cubiertos no queda sino aplicar las nuevas inversiones a proyectos cada vez menos rentables. Y en el caso de China su exceso de inversión ha dado paso a los elefantes blancos (ciudades fantasmas casi despobladas, infraestructura subutilizada y sobrecapacidad productiva en diversos sectores). De manera similar, cuando el sistema financiero otorga créditos según criterios políticos de largo plazo, divorciados de las conveniencias económicas de corto plazo, la aplicación de los recursos es subóptima, la calidad de las colocaciones no puede sino deteriorarse y la banca se hace también muy ineficiente y potencialmente más riesgosa.

El régimen de partido único, autoritario y centralizado, inevitablemente ha dado lugar a un altísimo y generalizado grado de corrupción. Aunque el partido comunista cuenta con más de 70 millones de miembros, el gobierno -ahora renovado periódicamente- es elegido directamente por menos de 3.000 delegados, los que inevitablemente tienden a perpetuarse y a repartir los cargos públicos y prebendas entre sus parientes, sus amigos y su clientela política. Y en un sistema con escasa transparencia, en el que la mayoría de las decisiones relevantes se adoptan caso a caso y teniendo en cuenta múltiples “situaciones especiales”, la coima tiende a ser omnipresente. El sistema penal chino incluye el soborno, el fraude financiero, la malversación de fondos públicos y la evasión tributaria entre los más de 60 delitos sujetos a pena de muerte -y muchos funcionarios han terminado ahorcados por ello-, pero la tentación es demasiado grande y la corrupción a todo nivel se extiende a casi todas las actividades.

Se suman a lo anterior las críticas internacionales en cuanto a que la industrialización forzada de China se ha realizado recurriendo al dumping económico (subvaluación monetaria, cuotas, tarifas, subsidios, etc.), al dumping laboral (trabajo semi-esclavo con poca o ninguna seguridad social) y al dumping ecológico (graves daños al medio ambiente), sin respetar los derechos de propiedad intelectual y en condiciones de competencia desleal.

Frente a las críticas, el gobierno chino ha sostenido reiteradamente (no exento de cierta razón) que no se puede pretender que sean aplicables a China los parámetros éticos y económicos judeo-greco-cristianos occidentales; que la democracia que se expresa en la política y en los mercados libres no necesariamente es lo mejor, que no se puede exigir competencia bajo iguales normas cuando los puntos de partida son diferentes, que el cuerpo social en su conjunto importa más que el individuo, y que ellos no gobiernan para la próxima elección sino que para la próxima generación todo lo que, en definitiva, se traduce en que todavía para ellos el fin justifica los medios.

Algunos de los sempiternos profetas apocalípticos, habiendo fallado lo del calendario maya, la muerte del capitalismo, el último meteorito y el reventón de la burbuja inmobiliaria, han puesto el acento en una eventual “primavera china” (como la de la antigua Checoslovaquia y la más reciente del mundo árabe). Pero ello no parece probable, no solamente por la proverbial paciencia china y el férreo control del gobierno sobre cualquier atisbo de organización con ribete político. La disidencia china, otrora importante, está reducida hoy a unos cuantos ancianos comunistas “a la antigua” y a unos pocos artistas, sostenidos por las ONG pero sin respaldo interno. Por el contrario, luego de una generación completa de paulatino y sostenido avance social y económico, y aún en ausencia de elecciones libres, los sondeos realizados por institutos técnicos internacionales especializados y por la inteligencia de diversas embajadas muestran -particularmente entre los jóvenes- conformidad, optimismo y rebrote del orgullo nacional, que se traducen en un apoyo generalizado a las políticas del actual gobierno.

Sin entrar en este debate, hay al menos tres cosas muy claras: Primero, que medido por la comparación entre la foto inicial y la foto actual, con un avance extraordinario y habiendo reducido la pobreza extrema desde el 80% al 25% de la población, el éxito económico logrado hasta ahora por China no se puede discutir. Segundo, que ese éxito económico ha tenido ciertamente costos en el campo de la ética, los derechos humanos y el bienestar social, pero en todos estos mismos campos la situación general del pueblo chino ha mejorado durante este proceso, y esos costos son hoy mucho menores que en el pasado. Tercero, que el modelo original de ahorro-inversión-exportación, más allá de los efectos de la reciente crisis norteamericana y europea, ya muestra signos internos de agotamiento; los rendimientos de la inversión son decrecientes y la competitividad exportadora se ha reducido, por lo que China debe cambiarse hacia un modelo de desarrollo más orientado al consumo doméstico como motor de crecimiento y al tránsito hacia una economía más centrada en el sector de servicios, corrigiendo de paso los desequilibrios y desigualdades a que ha dado lugar el actual modelo. Se da por descontado que estos cambios también acarrearán, si no el fin, al menos la progresiva reducción del costo social chino.

El cambio del modelo llevará aparejada una significativa reducción de la tasa de crecimiento de la economía china hacia su tasa de crecimiento potencial que, supuesto un control adecuado sobre las presiones inflacionarias, se estima que estaría entre el 6% y el 8% anual, consideradas las características de su economía y su actual nivel de desarrollo. No obstante, cabe considerar que esa menor tasa se aplica sobre una base (el PIB chino) creciente, de manera que el peso objetivo y relativo de China seguirá aumentando muy fuertemente, de tal modo que creciendo China al 7% anual y USA al 3% anual, inevitablemente -salvo que Murphy desate una guerra o un cataclismo catastrófico- China sobrepasará a USA en 20 años, o aún antes si se considera la también inevitable apreciación del yuan.

Hasta ahora el éxito chino ha favorecido especialmente a la mayoría de los chilenos, que nos hemos beneficiado tanto de las importaciones baratas como del aumento del precio de los commodities, en particular del cobre, que nos tiene con el dólar clavado en 470 pesos pese a que todavía no está resuelta del todo la crisis financiera internacional. Aparentemente con el cambio del modelo chino nuestra fiesta nacional está para quedarse, ya que una casa con sus electrodomésticos, un auto y un computador por cada familia china se traducen en una sobre demanda que debería sostener los precios del cobre durante largo tiempo. Y más pronto que tarde la también gigantesca India tomará el relevo de China.

Los que no seguirán tan contentos son nuestros exportadores “no-tradicionales” de bienes con escaso valor agregado y nuestros productores de bienes transables internacionalmente, quienes deberán seguir a cargo del pago de la cuenta. Porque a menos que puedan extremar su ingenio para recuperar la competitividad perdida, deberían pensar seriamente en un cambio de giro.

Por Santiago Pollmann.

 

0 comentarios. Escrito: 25 del 03 del 2013.

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